(Publicado originalmente en La Redacción)
Vota a otros, pero vota. Es el mensaje que se viene repitiendo insistentemente de un tiempo a esta parte. Sabemos que nos encontramos en un bipartidismo y lo que conlleva votar a uno de estos dos mastodónticos partidos. Pero también sabemos que otros países con parlamentos mucho más plurales sufren de los mismos males que el nuestro.
Y es que, en gran medida, el gobierno de un partido o de otro es pura ficción. Pues el estado, entendido como orden social impuesto por la clase dominante (en el caso que nos ocupa, la oligarquía) no cambia salga elegido uno u otro partido.
A esta cuestión surge la respuesta de que “no son todos iguales”. Pues no, es cierto, no lo son. Existen grupos políticos que procuran llevar a cabo políticas obreristas desde el parlamento, o utilizar el parlamento burgués como tribuna para dar a conocer sus planteamientos, como un medio de difusión más.
Sin embargo, nunca el cambio social vino desde un parlamento. Este cambio, el acabar con un sistema injusto y enfermo, solo puede venir desde la revolución. Y cuando hablo de revolución hablo de un cambio impulsado por las propias bases de la sociedad que, organizadas al margen del poder burgués que representa el estado, llevan a cabo el cambio deseado. Jamás ha existido en la historia otra forma y si en algún momento se han logrado cambios reales desde un parlamento ha sido más por la cesión de este parlamento ante una presión social desde la base, que por el propio parlamento.
Llegado a este punto habrá quien defienda que si que es posible el cambio, siempre y cuando las posturas que lo promueven lleguen a ejercer el gobierno saliendo de unas elecciones. Bien, pensar eso fue el gran error de los planteamientos socialdemócratas y testigos somos de como han acabado. Los partidos socialdemócratas son una parodia que aplica las políticas más neoliberales mientras se visten de rojo. El participar en un órgano creado por la oligarquía dominante dejando a un lado cualquier discurso revolucionario que pudieran tener, y haciendo uso y disfrute del modo de vida burgués que sigue todo el que participa en tal órgano es lo que les ha llevado a tal extremo de renuncia a sus ideales primigenios.
Por otro lado están los que defienden el uso de las instituciones burguesas como tribuna. Bien, respecto a esto diré que mientras se gastan energías en promover el voto para estar en el parlamento burgués, se pierden en promover la acción revolucionaria y, con ello, la confianza de la gente en dicha acción. Además, nadie tira piedras contra su propio tejado, el orden burgués es perfectamente capaz de neutralizar cualquier intento de que el mensaje de revolución social llegue al parlamento y, aquellos que tengan la suficiente integridad moral como para no corromperse, se verán frustrados en su tarea de llevar a cabo el cambio social, o siquiera de promoverlo, desde el parlamento. Más de cien años llevan los partidos del movimiento obrero participando en elecciones burguesas y nada efectivo se ha logrado desde allí, salvo acabar dando legitimidad a las instituciones creadas por la clase dominante.
Hay que defender que la verdadera política, la que es capaz de crear conciencia social y generar cambios reales, no se encuentra en el parlamento burgués, sino en las bases, en los barrios, en los centros de trabajo o de estudio y mientras no se defienda esta postura, o se defienda a medias mientras se gastan esfuerzos en conseguir votos, la gente seguirá renegando de la política. Lo que se muestra en unas cifras de abstención que superaron el treinta por ciento en las anteriores elecciones municipales. Y ni me extraña ni me parece del todo mal, pues este “pasotismo” reniega y proviene de un juego de poderes ficticio teatralizado por el orden dominante
Concluyendo, si el cambio que ansiamos no es posible desde el juego parlamentario, ni sirve éste para promoverlo, solo me queda una cosa que decir para estas elecciones: Abstención, pero sin pasotismo, es necesaria una abstención activa que no se olvide en ningún momento de llevar a cabo la verdadera acción revolucionaria de creación de estructuras de organización de base capaces de acabar con un sistema podrido de una vez por todas.

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